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“Cuando los Pueblos aman a sus cuarentenas”

El título de este artículo, pretende parafrasear aquel otro famoso del diario “El Mundo” de España, que  consignó  en relación a la Argentina : “Cuando los pueblos aman a sus propios ladrones”.

Como señale en mi artículo anterior, “El coronavirus y nuestros miedos..”,  no existe ninguna razón que  justifique una preocupación mayor por la muerte en manos del Coronavirus,  que la preocupación que nos merece la muerte por otras causas o enfermedades.

Hemos demostrado con cifras, que no existe un motivo racional para temer a esta causa de muerte por sobre otras igualmente terribles.

No encuentro un solo motivo racional y moral para que un Presidente brinde su pésame a los familiares de los muertos por el Coronavirus y no haga lo mismo por los muertos de otras causas.  ¿Por qué preferir un muerto sobre el otro?. Salvo que el marketing político sea una causa racional y moral

Asimismo, cabe recordar, que la atención mediática y tremendista sobre el tema y su utilización política, han establecido un discurso sicopático muy difícil de desmontar. El discurso sicopático, a diferencia del discurso sicótico, utiliza elementos de la realidad que el sicópata manipula inteligentemente hacia sus objetivos, sin permitir a la víctima poder desmontar la telaraña de su relato. El sicópata utiliza argumentos aparentemente legítimos o verdades a medias del tipo: “De la caída del PBI se vuelve, de la muerte no”.

Si a ello añadimos la legitimidad que reviste este particular  discurso sicopático por su instrumentación a través de instituciones y canales respetables, el cóctel se torna explosivo.

Y si a ello le sumamos las particularidades sociales y políticas de nuestro país, obtenemos lo que hemos llamado la cuarentena “argentinian style”.

Quiero decir con ello, medidas hipócritas, irracionales, injustificables. Algunos simples ejemplos, no todos del mismo valor:

 a) Según las cifras oficiales no hay ningún empleado de supermercado con coronavirus. ¿Entonces por qué no se habilitan actividades que puedan reproducir los espacios y la densidad ocupacional de esta actividad?.

b) ¿Por qué los bancos no atendieron al público como en todos los países?

c) ¿Cuál es la diferencia ontológica entre un empleado bancario y un empleado de un super?.

d) ¿Por qué no funciona la Justicia, un Poder del Estado?.

e) ¿Es más importante que trabaje un cajero de un super que un Juez de la Nación?.

f) ¿Hay algún otro país en el que cerró el Congreso y la Justicia?

g) ¿Por qué la clase política elige como ejemplo a evitar Italia, España, Estados Unidos y no analiza los ejemplos de Grecia, Japón, Suecia, Croacia, Chile?.

h) ¿Y China…acaso paralizó su actividad económica o solamente aisló la provincia infectada?

i) ¿Qué opinan nuestros políticos de los casos de Taiwán y Hong Kong?

Cabe aclarar para algún desprevenido, que no estoy en contra de todas las medidas preventivas que se puedan tomar para evitar esta o cualquier  enfermedad. Pero el alcance de tal prevención tiene que ser proporcional a la prevención de las otras causas de muerte. Así, la cuarentena puede resultar idónea para luchar dentro de un cierto marco, contra la pandemia, pero ello no deriva en aceptar la cuarentena al estilo argentino.

La cuarentena se ha transformado en un objetivo en si mismo y es aceptada mayoritariamente por el pueblo argentino.

Una de las características de nuestro país, es que la sucesión de noticias y hechos, uno más escandaloso que el otro, impide digerir la información y provoca la falta de memoria colectiva. La amnesia programada.

Esta falta de memoria colectiva, nos coloca en la misma situación del sapo el ejemplo famoso, que no puede saltar de la olla en la que se cocina vivo, porque los cambios de temperatura son mínimos e imperceptibles. El cuerpo del sapo no “memoriza” los cambios hasta que muere.

Lo mismo sucede con el caso del Coronavirus. Baste recordar la cara compungida de la “clase política” cuando anunciaba el 19 de marzo la necesidad de la cuarentena y su justificación. Se presentaba el tema como una prevención racional ,ya que se iban a tomar unos pocos “días hábiles” por el primer feriado puente que estaba en vista.

Exactamente el mismo argumento se utilizó para el otro feriado puente y exactamente el mismo argumento se utilizó ante la proximidad de la Semana Santa. La sociedad se fue olvidando.

Claro que luego, se necesitó utilizar un nuevo argumento legitimante. Con el agravante que es el argumento que utiliza todo sicópata: si hicimos tanto esfuerzo, no lo vamos a tirar al balde, se justifica una prórroga. Y así las prórrogas se multiplicaron.

Nótese que es un argumento recursivo, una verdadera petición de principios lógica: cuanto más dure la cuarentena, menos razones para levantarla y correr cualquier riesgo. Cuanto más pasa el tiempo más “irracional” parece  poner en peligro los buenos resultados obtenidos.

Es como cuando uno espera horas en el consultorio médico: cada hora que pasa hace injustificable irse….”ya que esperé tanto”.

Cualquiera que por su profesión tiene relación con el mundo de las sicopatías, sabe que el argumento anterior es el típico de cualquier abusador, golpeador, estafador, etc.

El golpeador dice: no vamos a tirar por la borda tantos años juntos aguantá mis golpes. El abusador dice: si llegué hasta acá y lo soportaste,  por qué no seguir un poco más y no tirar aquel esfuerzo a la basura. Si callaste antes, por qué no callar ahora. El estafador dice: si aceptaste aquello  porque no aceptar esto también. No aceptar esto nuevo, es aceptar que fuiste un tonto antes.

Pero lo que verdaderamente llama la atención, es la verdadera confluencia de intereses que le dan a la cuarentena, estilo argentina, un consenso único en la historia y es digna de estudio.

A propósito de ello, se agudiza un defecto típico de la sociedad argentina: nadie se permite pensar originalmente, nadie se permite ser políticamente incorrecto, levantar la cabeza por sobre el rebaño. El argentino tiene pánico de originalidad y autenticidad, vive siempre buscando la complacencia de los demás. El argentino teme pensar libremente y asumir toda la responsabilidad de ello.

Es un efecto muy conocido en las ciencias de la comunicación. Hay un experimento muy trillado: usted toma a una clase de cincuenta alumnos y los pone de acuerdo en decir que un cuaderno verde es rojo. Cuando llega tarde un alumno incauto, el profesor le pregunta a los alumnos complotados por el cuaderno verde. Estos no dudan en decir que el cuaderno es rojo, confundiendo al incauto. Cuando después de muchos alumnos, le preguntan al que llegó tarde, después de pensarlo un poco y sopesar los pro y contras siempre concluirá en decir que el cuaderno verde es rojo. ¿No es acaso un estereotipo de la sociedad argentina?. El alumno temía quedar fuera del grupo o en el mejor de los casos, malquistarse con el profesor.

Analicemos someramente quienes se benefician con la cuarentena y por qué.

El Gobierno se beneficia porqué como en la guerra, puede unificar bajo su mando al resto de la sociedad. El disenso es traición o amar la muerte del prójimo que milita en el propio bando.

Personajes grises gozan de su momento de estelaridad. Su voz es escuchada como nunca. El país entero anhela oír su voz. ¿Cómo no sucumbir al encanto de esta situación?. ¿Cómo volver a la sofocante normalidad donde a nadie le interesa saber de su pensamiento ni de su existencia?

La desprestigiada política, goza de legitimidad social, encolumna a la sociedad detrás suyo, disciplina a la sociedad y se prepara para ganar cualquier elección que se presente. Solamente resultará necesario recordar la “gesta” del Coronavirus.

También así, el Gobierno puede elegir el enemigo con el que luchar: todos los objetivos mundanos y terrenales pendientes, todos los males que azotan a nuestro pueblo pero que son de muy difícil solución, son relegados por esta enfermedad-monstruo, que bien puede permitir olvidarnos de nuestras penurias por unos meses.

El Coronavirus se transformó en un arma insoslayable que todo buen político debe llevar en su maletín, si quiere seguir cobrando su sueldo y otras menudencias.

El Coronavirus permite acallar cualquier crítica y secundarizar cualquier objetivo por referencia a su pretendida enormidad.

La deuda externa es impagable por el Coronavirus. Tenemos desempleados por el Coronavirus. Tenemos inflación por el Coronavirus. Así con todo.

Asimismo, el Coronavirus permite ir arrimando algunos palotes a la “causa” de la buena política: licitaciones directas, algunas diferencias inevitables en el camino, libertad a los presos, etc.

Por otro lado, algunas sugestivas particularidades de la cuarentena “argentinian style” son escandalosas. Como en ningún lugar en el mundo el Poder Judicial se encuentra de feria. Como efecto colateral y sumamente relevante, se encuentran suspendidos todos los juicios a los exfuncionarios.

El Coronavirus y la cuarentena es funcional a la política y sus objetivos. Entiéndase bien: que algo sea funcional a un objetivo no significa que sea la causa del mismo. Por ejemplo: cualquier enfermedad es funcional a los médicos. Existen los médicos porque existen las enfermedades. Pero los médicos no crearon las enfermedades. El coronavirus favorece al objetivo de los políticos pero no es creado por estos. Lo mismo con la cuarentena: favorece a los intereses políticos, es funcional a los mismos. Esa funcionalidad conspira contra su levantamiento.

Si algo me favorece en tantos frentes, al momento de buscar razones, solamente voy a “encontrar” las que me favorecen. Los beneficios son un ancla en la inercia del mantenimiento de la cuarentena o lo que es lo mismo: en el mantenimiento del coronavirus en la mente de la gente.

Pero no solamente los políticos se benefician. Los pobres que viven de lo que reciben del Estado, reciben aún más ayuda.

Millones de asalariados, siguen cobrando su sueldo sin importar su monto (desde los políticos, los jueces, hasta el último empleado) sin ir a trabajar. ¿Quién puede tener interés en modificar este paraíso?. ¿No resulta tentador cobrar sin trabajar?

A propósito: ¿Por qué un político o un juez o un gerente, que ganan arriba de 300.000 pesos, siguen cobrando sin trabajar y un profesional o un comerciante que facturan 150.000 mensuales no cobran nada?. Solamente en la Argentina se puede tomar una medida de este tipo tan injustificada como algo racional.

O no cobra nadie y la política se hace  cargo de haber decidido una cuarentena o todos cobran igual y se deben tomar las medidas para ello: por ejemplo establecer un sueldo igual promedio para toda la sociedad que no trabaja, mientras dure la emergencia. Es una simple operación matemática.

Pero también los grandes empresarios están interesados en mantener la cuarentena. Si bien en forma directa los sectores “no esenciales” pierden sus ganancias, existe un objetivo estratégico imposible de soslayar: la peste es disciplinadora social. Millones van a tener que aceptar rebajas de salarios, so pretexto del Coronavirus y sus consecuencias. Millones de trabajadores “conflictivos” irán  a la calle por culpa no del malevolo empresario…será por culpa del Coronavirus. A su vez, esta nueva cifra de desempleados pasará a presionar a los trabajadores activos para aceptar nuevas y futuras rebajas del precio de su trabajo.

Así, como a veces conviene vender por debajo del costo para borrar a la competencia, también conviene aceptar pérdidas actuales (coronavirus) por beneficios futuros (salarios a la baja, masa de desempleados, etc).

Nótese la confluencia extraordinaria de un bloque de poder inmenso: los más pobres, los políticos, los empresarios y toda la masa de asalariados están directa o indirectamente, voluntaria o inconscientemente interesados en mantener la cuarentena. La fuerza material de este bloque es irresistible para formar opinión.

Un ejercito de millones dirigidos por un gris capitán de trajes monótonos y corbatas aburridas, se enfrenta a una fuerza minoritaria y débil: los pequeños comercios, algún trabajador informal no alcanzado por otro beneficio estatal, los profesionales independiente y los empresarios especialmente afectados de un área específica . En una palabra: pan comido.

Eduardo Terzian. Abril del 2020.

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